Nerviosismo, sí. Pero con cierto fundamento. El pánico vivido en los mercados tiene su sentido. Las bolsas lo han reflejado. Es lógico que se desaten los temores cuando uno de los cuatro motores de la economía global da síntomas de agotamiento.
En un momento en el los otros tres motores: EEUU, Japón y Europa parecen emerger de la profunda crisis financiera global que estalló en el 2008, el único que soportó el chaparrón da muestras de ralentización.
¿Estamos en la antesala de una nueva recesión mundial? Es prematuro decirlo, pero hacen bien los más expertos en mostrar preocupación. Sabemos que los mercados sobrerreaccionan y que la especulación vive del miedo y la incertidumbre, pero cuidado porque China es la segunda economía mundial y ha tirado del carro en los peores momentos. Si pierde mucha fuerza no está claro que el resto puedan compensar esa carencia.
Como advierte The Economist, hay tres factores que sustentan los miedos: China realmente tiene problemas, los mercados emergentes son muy vulnerables y la carrera alcista en los 'parquets' de los países ricos parece haber llegado a su fin. Al margen de exageraciones, la economía mundial, tiene grandes retos. Ni el cielo ni el camio están del todo despejados.
Aparte de la propia realidad china, el efecto contagio, como sucedió con la crisis del sudeste asiático en los años 1997 y 1998, es posible. En especial en economías emergentes como la brasileña, en plena burbuja.
Aunque los países ricos pueden estar, en conjunto, bastante tranquilos, grandes locomotoras, como Alemania, cuyas exportaciones a China tienen un peso considerable, pueden empezar a preocuparse. Y las herramientas para combatir nuevas recesiones son muy limitadas. Al menos con políticas monetarias, con los tipos de interés prácticamente a cero. No temblemos aún, pero tendremos que estar atentos. El cielo no está del todo despejado. El coloso asiático puede ser más que una china en el zapato de la economía global.
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jueves, 27 de agosto de 2015
China en el zapato de la economía global
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viernes, 19 de noviembre de 2010
Política energética verde.... oscuro
El sector solar fotovoltaico está que trina, como lo refleja la reacción de la patronal ASIF. La nueva regulación aprobada hoy por el Gobierno reduce hasta en un 45% las primas que reciben. El mazazo, que trata de situar en niveles más asumibles algo que no era normal desde un inicio y que propiciaba la especulación meramente financiera, es una clara muestra de la política de bandazos que se lleva a cabo con las energías renovables. Es cierto que los más de 6.000 millones de euros en primas del año pasado no son de recibo. O mejor dicho, sí que lo son porque las pagamos todos los ciudadanos a través del recibo de la luz. Pero no ha habido una estrategia estable, una apuesta clara para elaborar un marco legal que proporcione seguridad y estabilidad. Sin estos requisitos será difícil que España se mantenga como potencia en este sector. ASIF asegura que el mercado fotovoltaico se reducirá a la mitad. Acabar con la especulación --que la hubo-- y los abusos --que los hubo--, sí; pero no de cualquier forma. La pregunta no es solo para el Gobierno, también para la oposición del PP: ¿Tan difícil es ponerse de acuerdo en materias que son esenciales y estratégicas para el país como un pacto energético?
lunes, 7 de diciembre de 2009
El clima de Copenhague
No lo esperemos todo de Copenague. Es posible que no se alcancen grandes acuerdos o incluso, siendo extremadamente optimistas, es posible que los haya. En cualquier caso, es preciso que se discuta la cuestión del cambio climático a escala global y que se decidan actuaciones para desacelerar el deterioro del medio ambiente, por vagas que estas sean. Es imprescindible que exista un marco mundial. Ahora bien, eso es necesario, pero no suficiente, como lo demuestra el escaso efecto, en términos de reducciones de las emisiones de gases de efecto invernadero, el protocolo de Kyoto de 1992. Los gobiernos no hicieron en casa lo que se comprometieron a hacer fuera de ella. En todo caso, peor hubiera sido que no hubiera existido ese compromiso. Copenague es la ocasión para perfeccionar el marco global, asumiendo que la actuación concreta ha de ser a escala local, que cada estado debe ser lo suficientemente inteligente y a la vez valiente para implementar medidas adecuadas para su país y que paralelamente sean efectivas y eficientes. Lo primero, porque es imprescindible frenar el deterioro del medio ambiente y lo segundo, porque hay que hacer un buen uso del dinero público para que los contribuyentes perciban la importancia de que una parte de sus fondos vayan a estimular modos de hacer más sostenibles y que, por tanto, lo apoyen e incluso lo reclamen. Los gobiernos deben pasar de las declaraciones de intenciones o los estímulos que se acaban convirtiendo en ayudas para la especulación --véase el caso de la energía solar en España-- a los incentivos bien dirigidos. Y no solo en materia de producción de energía verde si no --y en ésto sí que se ha hecho poco-- en el terreno del ahorro y la eficiencia. Si se produce con menos polución y además se precisan menos cantidad de kilovatios para hacer lo mismo o más, se habrá empezado a ganar la batalla. Pero, seamos conscientes, queda mucho camino por recorrer. En todo caso, este se hará mucho más corto si el consenso sobre la necesidad de actuar es verdaderamente global. Si es así, el 1% de coste a escala de la economía mundial que se necesitaría hoy para paliar los efectos del cambio climático serían suficientes ¿Acaso no han corrido todos los gobiernos para salvar a la banca con recursos equivalentes al 5% del producto interior bruto mundial (PIB)? Pues simplemente se trata de que se conciencien en la misma medida que lo están sobre la importancia del sector financiero. Aunque solo se logre eso se podrá decir que con Copenhague ha cambiado el clima. Y para bien, claro.
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